Gorda impostora II

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Relatos de minifaldas - Minifalda.

Título: La gorda Hace una felación
Autor: Gestialba.com
Productor: Gestialba.com 
Gión:

Gestialba.com

Protagonista principal: Alana
Actores: Alana, Kirck
Musica: Gestialba.com
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2007
Género: Novela negra
Duración: 005 minutos 
Recomendada: Mayores de 18 años

 

Relato

En el capítulo (I) anterior dejamos a nuestro protagonista a punto de ser atado a una silla por la desconcertante Alana.  

-Alana, yo solamente quería charlar contigo. Tú eres quien me ha invitado a entrar en tu casa, ¡iba de buena fe!

-¡De buena fe, ya te daré a ti buena fe!  

Apuntándome con el revolver a la cabeza, se acercó para atarme a la silla, ¿qué podía hacer? Si hacía un movimiento que las disgustara, dispararía y me volaría los sesos. Por lo tanto opté por quedarme quieto. Con una velocidad y destreza que me admiraron, si es que se puede admirar a alguien que te está secuestrando, me sujetó fuertemente a la silla. Primero las manos y luego los pies. Mi corazón empezaba a palpitar con gran aceleración, la cosa no parecía ser una broma. La única esperanza que me quedaba es que fuese una mujer de las que se excitan pegando a su pareja. Sonriente dice:  

-¿Estás cómodo degenerado?

-Tú si que eres una degenerada además de estar loca. –Me atreví a contestar-  

Como una posesa, con los ojos totalmente desencajados y fuera de sí, se dirigió con gran velocidad pistola en mano hacia mí, con el revolver a modo de empuñadura me propino un golpe en la mandíbula hasta el punto de desencajarla. Aquello no era una película, aquello iba en serio. El dolor que sentía era inaguantable, el labio sangraba y no podía articular palabra debido al dolor. Ella se reía:  

-¿Soy una loca? No lo sabes tu bien, ¡verás que divertido te lo voy a hacer pasar! Cuando acabe contigo se te habrán quitado las ganas de querer follar a ninguna chica. No te atrevas a decir palabra. Sólo hablarás cuando yo te lo pida.  

Sin decir nada más, se marchó del salón y me quedé allí preguntándome qué sería de mi suerte. Esa perversa mujer estaba tan fuera de sí... que sería capaz de lo peor. Diez minutos después apareció nuevamente vestida con indumentaria de los rellenos que llevaba hacía unas horas en el cine:  

-Te voy a enseñar una cosa. ¿Ves este álbum? Aquí están fotografiados todos mis trofeos. Todos y cada uno de los hombres a los que me he follado antes de matarlos. Igual que haré contigo, amigo Kirck. -dijo riendo a carcajadas-  

Durante más de una hora estuvo enseñándome fotografías y explicándome las torturas que les había aplicado. El sufrimiento plasmado en sus rostros era de verdaderos espanto, las mutilaciones de un elevado sadismo. Debido al dolor y al miedo por perder la vida, estaba apunto del desmayo. Por lo visto lo hice, poco a poco fui recuperando la consciencia y escucho en la lejanía:  

-¡Degenerado, recupérate! Todavía no te he follado, y si te mueres, ¡no lo haré! Te aseguro que no soy necrófila. ¡Despierta capullo!  

Al despertar me sentí mojado, al perder el sentido me oriné encima. Cuando recobré mis fuerzas empecé a intentar liberarme de las cuerdas que sujetaban mis manos. Ella seguía hablando y hablando:  

-Además de degenerado eres un cobarde y un cerdo, ¡te has medado encima! Ahora tendré que lavarte para poderte follar.  

Alana, que dudo sea su verdadero nombre, está para que la encierren en un cofre, tiren la llave en una fosa marina y posteriormente lo tiren al mar. ¡Por favor abuelita! Recuerda que siempre fui un buen nieto, ¡haz algo por mí! Tenía tanto miedo que en mi interior empezaba a pensar en verdaderas idioteces. Mi abuela estaba muerta desde hacía algo más de 5 años, y aunque hubiera estado viva... ¿Qué? Alana se marchó diciendo disparates pero enseguida volvió:  

-¡Ves cerdo, ahora te tengo que lavar!  

Volvió con unas tijeras, una palangana, agua y jabón, y sobre su hombro una toalla. Cuando empuño la tijera pensé, en que aquello era mi fin, No fue así, con mucho cuidado cortó los pantalones, los calzoncillos y me despojó de la camisa. En pelotas como estaba me lavó con la esponja y mucha espuma, secó todo mi cuerpo con sumo cuidado y me perfumó.  

-Ya estás listo, ahora ya te puedo follar. Te prometo que como te vuelvas a orinar te pego dos tiros y sin follarte te descuartizo. ¿Lo has entendido, contesta?

-Sí Alana. –Le dije como pude con mi dolorida y sangrante mandíbula-  

De nuevo se marchó con todo lo utilizado para lavarme y limpiar todo el suelo. ¿Qué es lo que me tenía reservado? En unos instantes lo comprobé. Volvió nuevamente cambiada de ropas, vestida con un traje de noche corto muy excitante. Aunque a mí, ¡maldita la excitación que me provocaba! Mi pobre pene estaba desaparecido en combate, ¿qué sería de él, qué sería de mi? Comenzó a bailar insinuante y se fue desnudando poco a poco. Tenía poco que quitarse, el vestido, el sujetador y las bragas, los zapatos de tacón se los dejó puesto, ¡por lo visto era su fetiche!  

-No se te empina, ¿qué eres un impotente? –Decía realmente cabreada-  

Como con el baile no era capaz de hacer que mi pene alcanzara el volumen y la dureza necesaria para realizar el acto sexual. Decidió arrodillarse para saborear mi microscópico falo con su boca. Sabía que si lograba follarme me mataría, y si no lo hacía también lo haría. Decidí dejarme llevar, y por lo menos irme al otro mundo habiendo sido follado follando por una bellísima mujer, ¡aunque eso sí, más loca que una cabra del monte! Mi cerebro pese al trauma que estaba soportando, supo dar las órdenes correspondientes para que mi pene alcanzara una tremenda erección. Alana sacó el pene de su boca y dijo:  

-Soy tremenda, no he perdido la práctica con mi experta boca. Te he realizado una felación que no has podido resistir. ¡Estaba equivocada no eres impotente! 

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