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Relato Desde
que hace ya algo más de 6 meses, fechas en las que cumplí los 18 años
de edad, mi vecina Gertrudis dejó de ser un amor platónico sin sexo y
difícil o imposible de conseguir a ser un amor al alcance de mis manos.
Mi edad en el país en el que vivía me lo permitía. Muchas veces me
insinué a ella pero en ninguna de las ocasiones me hizo caso, un día me
dijo que era menor de edad y que ella no estaba dispuesta a ir a la cárcel
por el amor de un niño. El tiempo ha pasado, me he hecho mayor y mi
vecina Gertrudis sigue estando tan buena como siembre lo había estado. Gertrudis
cuando cumplí los 18 años que era mi mayoría de edad legal tenía algo
más de 50 años, y estaba enamorado de ella como nunca lo he vuelto a
estar de nadie jamás. Son incontables las veces que me he masturbado
pensando en ella, ¡ahora no se librará de mí! De
mis pensamientos pasé a la acción sin pensar en las consecuencias de lo
que podía pasar. Escasas horas habían pasado desde del día de mi
cumpleaños cuando me encontré a mi vecina en la panadería, fui a
comprar el pan del domingo, al entrar allí estaba ella exponiendo su
hermoso culo para quien pudiera verlo. -Buenos
días. -Dije al entrar. Ella
se volvió, me contestó y al tiempo me sonrió como siempre lo hacía. Me
acerqué a su lado y decidido le dije en voz baja junto a su oído derecho
para que la panadera no me sitiera: -Estoy
enamorado de usted, ya tengo 18 años y me gustaría mucho ser su amante. Ella
no se inmutó, se limitó a sonreírme y a seguir esperando mientras le
tocaba la vez para comprar lo que necesitaba de la panadería. Yo mientras
tanto seguía en pie a su lado, impasible pero desilusionado por su reacción. -Me
gustas. Le dije nuevamente al oído. Volví
la cara, de reojo vi que ella siguió esperando y mirando al frente como
si nada hubiera sucedido, miraba a la panadera ignorándome como si nada
le hubiera dicho. -¿A
quién le toca ahora? –Dijo la señora Elisa la panadera. -¡Me
toca a mí! –Exclamó con voz relajada mi hermosa y madura mujer. El
amor o quizás deseo que sentía por aquella mujer desde que cumplí los
12 años era algo inexplicable y aún más difícil de entender por nadie
que no hubiera estado enamora do alguna vez. Gertrudis pidió, la panadera
le sirvió, pagó y se marcho si ni siquiera mirarme. Llegué
a casa serio, abatido, porque no había conseguido lo que más deseaba en
este mundo, que era acariciar la piel de mi amada. Mi madre vio la
tristeza de mi cara y mirándome fijamente a los ojos me preguntó: -¿Dime
Rogelio, qué es lo que te pasa? -No
me pasa nada mamá, ¿por qué lo preguntas? Desayuné
disimulando lo que pude mi tristeza y me retiré a mi habitación para
meditar sobre lo acontecido en la panadería, no me quería crecer que lo
que había sucedido es que Gertrudis me había rechazado. Seguía, quería
seguir creyendo que aquella mujer de la que estaba enamorado en un momento
u otro cedería y correspondería a mis deseos. Allí estaba tumbado en la
cama boca arriba pensando en ella cuando hizo aparición mi hermana
Patricia en sujetador y braguitas que a penas tapaban su vulva. -Rogelio,
tengo que salir, ¿me prestas tu moto? Mi coche se ha averiado y lo tengo
en el taller. -Sí
Patricia, yo no la necesito. Hoy no pienso salir. Toma 20 euros, llénale
el depósito que apenas le queda medio litro en la reserva. Patricia
se acercó hasta la cama donde estaba tumbado para coger los 20 euros, al
verla tan cerca de mí, no pude evitar fijarme en sus braguitas que
dejaban traslucir su monte de Venus y resto de la vulva totalmente
depilados y con una fragancia excitante que despedía. Le dije: -Patricia,
tendrías que ir pensando en no exhibirte delante de mí en ropa interior,
me lo pones muy difícil, ten en cuenta que aunque seas mi hermana mayor
sigues siendo una mujer, ¡muy hermosa por cierto! Me
dejó más que helado la respuesta de mi hermana, se reclinó para tomar
en sus manos el billete de 20 euros, aprovechando para acercar sus labios
a los míos y darme un beso en la cara rozando mis labios. -Ahora
tengo prisa, pero cuando vuelva, te voy a dar algo que creo que deseas y
que sin duda necesitas. –Dijo sonriendo. En
la cama, tumbado, turbado y pensativo una y otra vez me pregunté a que se
referiría Patricia con lo que me dijo. En eso estaba cuando tocaron a la
puerta del dormitorio, si tocaban esa no podía ser otra que mi madre,
porque ni mis hermanas ni la asistenta tenían la delicadeza ni el respeto
de llamar: -Mamá
puedes pasar. Esto vestido y totalmente visible. -¿Cómo
has sabido que era yo hijo? –Dijo mi madre con seriedad. -¿Por
qué preguntas? Porque eres la única que me respetas. Como soy el menor,
todos me toman por un niño al que todos pueden interrumpir en lo que está
haciendo en su habitación. Eso
le contesté, a pesar de que en esa ocasión también mi madre pareció
que no me respetaba ya que entró en mi habitación de la misma forma que
lo había hecho Patricia. Solamente llevaba el sujetador y unas bragas de
encaje que le cubrían hasta la cintura, medias y unos zapatos de tacón. -Hijo,
tengo mucha prisa, perdona que venga a medio vestir, pero necesito que me
abroches las hebillas de los tacones que me acabo de pintar las uñas y no
me las quiero estropear. Me
levanté de la cama y me arrodillé delante de ella para abrocharle los
zapatos, en unos segundos lo hice: -Ya
está mamá, los zapatos abrochados. -Gracias
hijo, ahora tengo mucha prisa, pero cuando vuelva a la noche te lo
agradeceré como este favor lo merece. Aquello
que me estaba pasando era una verdadera confabulación, porque nada más
salir mi madre, cuando nuevamente estaba acostado pensando en todo lo
sucedido entró mi hermana Noelia que me dejó sin habla, ella no venía
en ropa interior, ella venía totalmente desnuda con una caja entre sus
manos, va con toda tranquilidad y me dice: -Rogelio,
he quedado para follar con mi novio, quiero ponerme este condón femenino
pero no atino a colocármelo. ¿Serías tan amable de ponérmelo? -Noelia,
no sé si sabré colocártelo. Lo intentaré aunque pienso que se lo podías
haber pedido a Mamá o a Patricia. -Patricia
se ha marchado hace unos segundos, y mamá tiene las uñas pintadas,
solamente quedas tú en la casa. No te preocupes que yo te indicaré como
me lo tienes que introducir. Estaba
confirmado, que aquello que me estaba sucediendo era una confabulación,
que nada era casual. Noelia me indicó como debía introducirle el
preservativo en su vagina, lo hice y al tiempo de hacerlo no pude reprimir
mi excitación, excitación que se dejaba ver por lo abultado de mi pantalón. -Noelia,
ya lo tienes colocado. Espero que te lo pases bien con Rodolfo. –Le dije
algo nervioso. -Gracias
Rogelio, has sido muy amable. Ahora tengo prisa, pero cuando vuelva esta
noche te daré las gracias de una manera que no olvidarás jamás. Lo
único que me faltaba es que por la puerta entrara mi padre que llevaba
dos años desaparecido y que me dijera que le sujetara los huevos que se
le caían al suelo y que por la noche me daría por el culo para agradecérmelo.
¡Pobre de mí, estaba hecho un verdadero lío! El
resto del domingo lo pasé acostado en el sofá mirando la televisión y
pensando en mi mala fortuna con Gertrudis, en lo enigmático de las
palabras de mi madre y de mis hermanas. Mi corazón empezó a latir rápido,
cada vez más rápido... La
noche llegó, y con ella una a una fueron apareciendo por la casa. La
primera que hizo aparición fue mi madre que para mi sorpresa llegó
acompañada de la vecina Gertrudis a la que noté algo diferente. Como si
no estuviera estirado en el sofá mi madre dijo: -¿Gertrudis,
qué quieres tomar? -Ponme
un güisqui con hielo Aurelia. ¿Por cierto, te ha gustado como me he
afeitado el coño? –Sí mucho le contestó. ¿Qué
broma era aquella? Parecía que eran amantes y que hablaban ignorando mi
presencia, ¡aquello era de locos! Siguieron
hablando de sexo, y de lo bien que lo habían pasado en la fiesta de no sé
qué amigas, me estaba poniendo tan excitado de oírlas y sobre todo de
verlas sentadas de manera despreocupada que ver sus piernas me estaban
poniendo a cien. Indignado me levanté y con voz de verdadero cabreo dije: -¡Ya
está bien! ¿No veis que estoy aquí? Ellas
siguieron como si no hubiera dicho nada, sonó el timbre de la puerta de
la entrada. -¡Hola
mamá, hola Gertrudis! ¿Puedo pasar la noche aquí? -Por
supuesto hija, ¿qué es lo que te ha pasado? -He
discutido con Rodolfo y me he marchado de casa por no darle con una sartén
en la cabeza, ¡es un desgraciado, no lo soporto! Mañana mismo iré a un
abogado para que me arregle los papeles del divorcio. Me
quedé paralizado, estaba frente a ella y no me veía. De su mano derecha
llevaba un niño al que llamaba Rodolfo, y de la mano izquierda una niña
a la que llamaba Aurelia. Lo
que estaba viendo tenía que ser un mal sueño, sin dudas tenía que estar
soñando. Mi hermana Noelia de la noche a la mañana tenía dos hijos de 7
y cinco años. Quise despertar pero no sabía cómo, el sueño, el
espantoso sueño siguió su curso. Sentí como llegaba Patricia acelerando
varias veces mi moto antes de pararla. Entró y dijo: -Joder,
que bien va la moto de Rogelio, han pasado diez años y funciona como él
me la dejó. Por
más que intentaba despertar de aquella pesadilla no lo hacía, les
gritaba pero no me veían o hacían como que no me veían, estaba
desesperado y me acerqué hasta donde estaba mi hermana Patricia con la
intención de sujetarla por la mano. ¡No... no puede ser! No la pude
sujetar, quería despertar pero no pude. Los niños revoloteaban de un
lugar a otro, Noelia hablaba con Gertrudis y mi madre y Patricia se fue al
cuarto de baño. La seguí entró en él, cerró la puerta y se dispuso
para darse un baño. Me fijé en su monte de Venus y lo tenía totalmente
cubierto de vello. Aquello no era un sueño, no era una broma, era la dura
realidad, ¡mi realidad, mi muerte! *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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