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Relato Ana
estaba sentada en el lado izquierdo del sofá y Andrea en el derecho mirándola
de reojo... no hacía más de cinco minutos que habían tenido una discusión
por el programa de televisión, una quería ver un programa y otro la
otra, las dos con el mando a distancia sujeto por un lado... debido al
forcejeo, y al tira y afloja, el mando salió disparado volando por los
aires hasta ir a parar al brillante y duro suelo... la tapa del habitáculo
de las pilas de alimentación saltó y fue a parar justo al lado de una
rueda de la mesa del televisor, una pila finalizó su movimiento debajo de
la mesa de la sala y la otra fue rodando como si tuviera vida propia hasta
la puerta de la cocina. El mando maltrecho, quedó justo delante de donde
estaba Ana. -¿Estarás
contenta Andrea? –Dijo Ana- -¿Serás
tú la que estarás contenta, no? –Contestó Andrea furiosa- Se
sintieron pasos de tacón que venían desde el fondo del largo pasillo de
la casa, ¡era la madre! Ellas se percataron y las dos al unísono
salieron despavoridas en dirección a sus habitaciones. Zoraida, que así
se llamaba la madre, Irritada de volver a escucharlas discutir por enésima
vez en ese día, llegó jadeante por la carrera que se había dado. -¡Vais
acabar con mi salud! –Gritó- ¿Dónde estáis víboras? La
madre de Ana y de Andrea estaba más que harta, -desesperada decía-, por
la conducta de sus hijas, que con 19 y 20 años se comportaban como niñas
peleando todo el día, haciendo caso omiso a su madre. Aquello no podía
seguir así, Zoraida sabía, intuía que como siguieran por ese camino un
día terciarían de muy mala manera. Una
vez descansada de la carrera, cuando se hubo calmado, anduvo hasta la
habitación de la hija de mayor edad. Intentó abrir la puerta, pero
estaba cerrada con el pestillo que Andrea instantes antes había echado: -Hija
abre, ¡tenemos que hablar! –Se escuchó correr el cerrojo- -Pasa,
la puerta está ahora abierta mamá. Andrea
estaba sentada en su cama cabizbaja con cara de arrepentimiento, cosa que
siempre hacía cuando terminaba una disputa con su hermana, esa
estratagema siempre le había funcionado. Su madre al verla así, sonreía,
le regañaba pero nada más, ¡no habían castigo, y mucho menos palos!
Pero esa vez fue diferente, Zoraida entró en la habitación, cerró la
puerta, corrió el pestillo y a continuación la miró fijamente a los
ojos con mirada desencajada y cara de enojo... Andrea se percató de que
algo sería diferente a las veces anteriores. Sus sospechas fueron
ciertas, vio como su madre se desabrochaba la hebilla del ancho cinturón
que sujetaba su ajustado pantalón tejano, observó como se deslizada uno
a uno por los ojales de sujeción hasta salir por completo. -¿Qué
haces mamá? –Dijo casi sollozando- -¿Qué
hago? ¡Ahora lo verás! Os lo he dicho por activa y por pasiva, ¡te lo
he dicho muchas veces! He tenido mucha paciencia, pero la paciencia hija mía
como todo en esta vida también se acaba. Zoraida
había tomado una decisión, a todas luces equivocada, pero era la que
ella creía mejor en ese momento, entendía que dándole unos azotes
comprendería que ya tenía edad de cambiar, y cómo no, de comportarse
como una mujer. Lo intentó,
pero tuvo un dilema, ¿cómo darle unos azotes sin hacerle demasiado daño?
Porque Andrea se había refugiado en un espacio entre el armario y el
escritorio, allí acurrucada, puso sus manos cruzadas protegiéndose la
cabeza. No lo pensó más, cegada, enajenada diría yo, alzó su mano con
la correa sujeta por sus dos extremos, cuando la mano estaba en el punto más
alto... alguien la sujetó por la muñeca, ella sabía que acababa de
cerrar la puerta y que nadie podía haber entrado. Sin atreverse a mirar
dijo: -¡Seas
quién seas, suéltame! Se
quedó callada, asustada... al sentirse liberada, se giró y vio que en la
habitación estaban solas, ella y su hija. Zoraida comprendió que no podía
hacer con sus hijas lo que sus padres hicieron con ella, supuso que eran
sus recuerdos los que le sujetaron la mano. Entonces como hacía siempre,
habló con su hija, y esta como siempre pasó de ella. Pasaron
las semanas y algunos meses, pero todo seguía igual, Zoraida tomó la
determinación de irse a Nigeria como voluntaria de una organización no
gubernamental. Visto desde fuera, sin vivirlo, alguien pensaría que era
una madre que no sabía educar a sus hijas, ¡nada más lejos de la
realidad! Era una buena madre, lo había intentado todo, pero sus hijas
debían tener un cromosoma algo averiado, y para ella no terminar
desquiciada tomó esa determinación. Todas las semanas, sin dejar una sin
hacerlo, Zoraida me llamaba para saber de sus hijas. Las
hijas siguen viviendo juntas en el piso que les dejara su madre. Siguen
discutiendo por todo, en más de una ocasión les han tenido que detener
por denuncias de escándalo público... son detenidas y cuando vuelven,
vuelven a lo mismo, ¡no parecen tener remedio! Ayer,
eran las 10 de la noche y las sentí gritar, estaban peleando como de
costumbre, pero en un momento de la discusión oí la voz de Ana que decía: -¿Eres
tú mamá? ¿Cuándo has llegado? ¿Te encuentras bien? Nombraban
a Zoraida, pero no podía ser, acababa de hablar con ella y estaba en
Nigeria, ellas preguntaban pero nadie respondía. Pero por lo que hablaban
tanto Ana como Andrea parecían que estaban viendo un fantasma, ¿Quizás
el de su madre? Lo cierto, lo único cierto es que desde ese día no se ha
vuelto a sentir una sola discusión entre Ana y Andrea, se las ve juntas
ir a todas partes como si fueran las mejores de las hermanas ¿Qué ha
podido suceder? Pasaron
tres semanas desde su última llamada, intrigada por el cambio de sus
hijas llamé al número que quedaba grabado en el móvil para contarle el
extraño y repentino cambio. Pregunté por Zoraida y me dieron la maldita
noticia, Zoraida había fallecido, -¿Cómo pregunté?- me dijeron que dos
semanas atrás salieron en dirección a unas aldeas para llevar
medicamentos y que la mula en la que viajaba resbaló, se precipitó por
un acantilado junto al río Níger, que a la mula la encontraron muerta, y
en uno de los estribos de la montura una pierna seccionada de Zoraida, la
daban por muerta tras buscarla una semana. Helada
y compungida por la noticia de la muerte de Zoraida colgué el teléfono
para ir a contarles a sus hijas la noticia. Mas helada me quedé al ver o
creer haber visto a Zoraida que iba por el pasillo en dirección a su
dormitorio... le aseguro que lo que vi era real, ¿cómo podía ser? La
puerta la abrió Andrea, le dije sabedora de que no podía ser su madre: -¿Tenéis
visita hija? –Es como las suelo llamar ya que las conozco desde que
nacieron- -No
señora Engracia, estamos mi hermana y yo solas. Pase por favor y tómese
un café con nosotras. Aquello
era increíble, las piernas me temblaban, y no sabía por los extraño de
lo que había visto o por el cambio de conducta de aquellas dos hermosas
criaturas... No sabía como decirles que su madre había fallecido, mi voz
temblaba y mi cara decía que lo que tenía que decirles no era noticia
agradable, ni siquiera para dos personas que tan mal se habían comportado
con su madre... me armé de valor, hice de tripas corazón y sin esperar más
allí sentadas en el sofá les dije: -Hijas
tengo que daros una noticia. -¿Ha
encontrado nuestro gato? –Dijo loca de contenta ana cortándome la
palabra- No,
no he encontrado vuestro gato, ni siquiera sabía hijas que tuvierais un
gato -les dije -, me gustaría que la noticia fuese que vuestro gato ha
aparecido, pero por desgracia la noticia que os tengo que dar es que
vuestra madre ha fallecido, -terminé sin poder decir palabra alguna, con
lágrimas en mis ojos-. Se quedaron extrañadas: -¡Eso
no tiene gracia, señora Engracia! –Contestó con gesto de rabia Ana- Lo
que me contaron a continuación me terminó de alterar, estaban
convencidas de que su madre estaba viva, me dijeron que esa mañana como
todas las mañanas desde que regresó hacía dos semanas, se había ido a
trabajar y que Zoraida estaba
a punto de llegar. Al instante de hablar Ana, Andrea dijo: -¿Escucha
la puerta ahí llega? No
sabía que pensar, el hecho es que las dos se levantaron locas de
contentas y salieron a recibirla, parecían besar a alguien, y hablaban
como si lo hicieran con Zoraida aunque yo no escuchaba ni veía nada. Los
vellos se me pusieron tiesos como espinas de erizo y un escalofrío
recorrió todo mi cuerpo. No parecían estar locas, aunque estaban
actuando como si lo fueran. Les seguí un poco el juego para salir de esa
casa con urgencia, pero al pasar junto a ellas, en el mismo sitio donde
supuestamente estaba Zoraida me quedé parada, sin saber el motivo no podía
salir en dirección a la puerta, ¿quién me lo impedía? En ese preciso
instante noté frío, aire frío, no era mi imaginación, hasta las
cortinas se movían empujadas por él. Las pulsaciones de mi corazón
fueron en aumento, entonces en el interior de mí cerebro sentí la voz de
Zoraida que decía: -¡Engracia,
no te preocupes, ahora estoy bien! *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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