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Relato Hace
una semana que vivo sola en un piso céntrico de la ciudad de Madrid. Es
un piso precioso con grandes ventanales que dan a una gran avenida. Creo
que seré muy feliz viviendo en él. Hasta ahora cuando estaba en casa no
podía ir vestida de la manera que a mí me gustaba, ya que mis padres
siempre estaban en ella. Sin embargo ahora siempre boy por casa como me
apetece. Hoy sin ir más lejos, cuando he vuelto del trabajo, lo primero
que he hecho al entrar en casa es desnudarme por completo e ir así por
toda ella, ¡me apetecía estar así! No crean que soy una niña, acabo de
cumplir los 37 años pero no he perdido la alegría de cuando lo era.
Todavía no tengo cortinas colocadas en los ventanales, por lo que supongo
que los moradores de los edificios que hay frente al mío deben de estar
escandalizado. Pero como estoy en mi casa hago lo que me apetece, eso sí,
tengo la precaución de no acercarme a los ventanales, ¡no sea que me
detengan por escándalo público! Me
disponía a desembalar parte de las cajas de la mudanza que aún me
faltaban, cuando inesperadamente sonó el timbre de la puerta, ¿Quién
será? No es el timbre de la portería. Como no era preceptivo, me coloqué
una bata de baño y unas zapatillas de deporte y me acerqué a la mirilla
para ver quien era. Eran una pareja de guardias municipales, ¡dos chicas
para ser exactos! ¿Tan pronto me han denunciado? Pero si no han pasado ni
15 minutos desde que he llegado, ¡qué mala suerte! Les abrí: -Hola, ¿qué es lo que desean? -Hola, somos tus vecinas del quinto b, y venimos para darte la bienvenida. ¡Ya sabes! necesite lo que necesites estamos a tu disposición. Perdona que nos presentemos con el traje de trabajo, acabamos de llegar y hemos aprovechado para saludarte. -Gracias
sois muy amables. Cuando
supe que venían en son de paz, me fijé en ellas, eran dos chicas de unos
25 años de edad y con unos cuerpos atléticos que apetecía ver. Después
de agradecerles el detalle de la visita. Dije: -Estoy en plena mudanza, ¿pero queréis pasar? -No, otro día, ahora vamos a ducharnos que hemos tenido un día muy movido. Y no olemos precisamente a rosas, ¡por cierto! Ella es Azucena y yo Rosa. -¿Qué
casualidad? Yo me llamo Dalia, las tres tenemos nombre de flor. Nos
sonreímos y nos despedimos hasta otra ocasión. Entré en casa y como en
ese momento tenía otro estado de ánimo diferente al que tenía cuando
llegué. Me puse unas medias de nylon color carne y unos zapatos blancos
de tacón alto. Así me paseé por toda la casa distribuyendo las cosas
que estaban empaquetadas, ¡qué pesadas son las mudanzas! Llevaba una
hora desempaquetando cuando volvió a sonar el timbre de la puerta. Eran
las dos vecinas, ¿qué querrán ahora? Desde el interior dije: -Un
momento chicas, en estos momentos no estoy visible. Nuevamente
busque la bata y me la puse para salir a recibirlas. Por un momento pensé
en salir a recibirlas como estaba vestida, pero me pareció inadecuado en
ese momento. -Hola chicas, ¿qué deseáis? -Venimos para ayudarte a desembalar. -Gracias
chicas, pero ahora me disponía a darme una ducha e irme a la cama. Mañana
tengo que salir de viaje y me tengo que levantar muy temprano. Fue
una descortesía por mi parte, pero en ese momento no tenía ganas de
tener a nadie viendo mis pertenencias. Me gusta la soledad, ¡disfruto con
ella! Además lo de salir de viaje temprano era cierto, aunque no me iba aún
a la cama. Terminé de desembalar las dos cajas que me había propuesto
para ese día. Fue en ese preciso instante cuando me dirigí vestida con
las medias y calzada de los tacones al cuarto de baño. Andando de manera
sensual contorneando exageradamente las caderas llegué para darme una
buena y merecida ducha, ¡ala, qué sorpresa! Desde la ventana del cuarto
de baño podía ver las ventanas del dormitorio de mis vecinas, ¡allí
estaban! Las dos echadas en la cama como sus madres las trajo al mundo.
Estaban dándose un festín, ¡qué suerte! Son lesbianas creo que aremos
buenas migas. Yo soy heterosexual pero llevo algún tiempo pensando probar
hacer el amor con una chica, ¡qué mejor que hacerlo con dos! Las estuve
observando y me puse tan excitada, que en pie, con los tacones y las
medias de nylon aún puestas me estuve masturbando hasta conseguir llegar
al orgasmo, ¡lo hice, les aseguro que fue intenso! Como
dije, a la mañana siguiente salí de viaje con rumbo a Nueva York, tenía
para una semana de trabajo por lo que me llevé la ropa justa para esos días.
Siempre me llevo lo preciso, no me gusta llevar más de una maleta, ¡es
un engorro! Cada día que pasa, me estoy haciendo más y más coqueta, me
encanta ir bien vestida para que tanto hombres como mujeres se fijen en mí.
Ese día me vestí con un vestido de color rojo ajustado con la falda por
encima de las rodillas pero sin llegar a ser minifalda, un escote
pronunciado que dejaba ver parte del sujetador negro “wonderbra” Me
puse medias finas de seda color lo más parecidas a mi piel, parece que no
las llevo, y calzada con unos zapatos de tacón alto blancos, que son mi
debilidad. De ropa íntima me puse unas braguitas negras de seda tipo
tanga que apenas cubrían mi sexo. Me gusta ir vestida sexy por si sale la
ocasión de hacer el amor sea donde sea, ¡cada día soy más fetichista!
Salí de casa y me encontré con las vecinas: -Hola
vecinas, ¿también a trabajar? Tanto
Azucena como Rosa me miraron de arriba abajo como solamente las mujeres
sabemos hacer, ¡me desnudaron! La verdad que es lo que tengo pensado,
dejar que me desnuden y pasar un rato agradable con ellas, ¡pero eso será
otro día! Me despedí de ellas y subí al taxi que me esperaba para
llevarme al aeropuerto de Madrid-Barajas (España). Ese día, nada más subir al avión me encontré con un antiguo compañero de facultad que por cierto está casado, pero con el que casi siempre que me encuentro cuando voy a Nueva York. No he de decirles que Paco, ¡que así se llama! Pone a su mujer los cuernos cada vez que me ve, ¡yo le dejo, me gusta! Además me hace unos regalos de alucine, no crean que soy una prostituta, ¡para nada! Me dejo regalar... Tenía las hormonas alborotadas, y no pude aguantar el tiempo del viaje. Convencí a Paco para que me echara un polvo en el cuarto de baño del avión, que aunque es una cosa incómoda, ¡en ese momento me apetecía! Ya se habrán dado cuenta que soy una mujer de impulsos, intento hacer lo que quiero y cuando quiero. Después del polvo rápido, me quedé relajada y dormí hasta que llegamos a Nueva York. En
esa ocasión Paco tuvo que seguir viaje después de unos asuntos hasta
Washington y no pudo ser mi amante. Pero no le eché a faltar ya que un
chico chino tuvo a bien ser mi apasionado compañero durante la semana, ¡qué
semana! El ejecutivo chino era todo un semental, ¡no paraba! La verdad,
es que yo no le dejaba parar, ¡soy una fiera! Cumplo a la perfección con
mi trabajo, pero cuando termino la jornada laboral me convierto en casi
una ninfómana. Cuando llegó la hora de despedirnos, el chino me
sorprendió regalándome un anillo de diamantes, ¡no lo acepté! Y no
porque no me gusten los regalos, sino porque el tío se había enamorado
de mí, y con él, me pedía matrimonio, ¡En eso estaba pensando! Ni
loca, me gusta la soledad, hacer lo que me viene en gana sin tener que dar
explicaciones a nadie, ¡pobre diablo! Sí, lo sé, un día me haré vieja
y no tendré a nadie, ¡que más da! Además, también podría pasar que
me casara con alguien al que amara mucho, y cuando llegara a vieja, él se
muriera, ¿entonces qué? Vuelta a empezar, ¿seguiría sola verdad? Tras
la intensa semana de trabajo y sexo, regresé a mi soleado piso de Madrid.
Allí seguía, todo manga por hombro y con cajas para desembalar. No me
había dado tiempo a quitarme los tacones, sonó el timbre de la puerta.
Juro que como sean las vecinas no les abro, estoy muy cansada y traigo los
pies hinchados debido a la acumulación de líquidos o al poco movimiento
que se puede hacer en el avión, ¡no lo sé, pero estoy agotada! Miré
por el visor, ¡son ellas! Les abriré: -Hola Dalia, ¿cómo te ha ido el viaje? -Muy bien gracias, pero vengo molida y traigo los pies muy hinchados. -Si
quieres te damos un masaje, ¡lo hacemos muy bien! En
otro momento me las hubiera comido para cenar, pero estaba tan cansada por
el viaje y aunque lo lamenté, por segunda vez decliné su ofrecimiento.
Las despedí amablemente y me fui derecha al cuarto de baño para darme
una ducha que me relajara. Ellas al igual que yo entrara con urgencia en
el cuarto de baño, entraron en el dormitorio, se desnudaron lentamente y
Rosa empezó a darle un masaje muy sensual a su pareja Azucena. Empecé a
creer que esas chicas sabían que las estaba observando. Cerré lentamente
la ventana y me di la ducha de agua caliente que tanto necesitaba, y de ahí
a la cama, ¡estaba agotada! Han
pasado tres meses desde mi llegada, ya tengo el piso completamente
amueblado y con cada cosa en su lugar. No he vuelto a saber más de mis
vecinas. Supongo que la última vez se enfadaron por no aceptar su
ofrecimiento del masaje. Ahora si quería algo de ellas, sería yo la que
tendría que dar el paso, era yo la que tenía que llamar a su puerta. Eso
hice aprovechado que era viernes y que tenía todo el fin de semana por
delante. Llamé a su puerta: -Hola
azucena, ¡soy Dalia, vuestra vecina! ¿Te acuerdas de mí? No
me había enterado, ¡viajo tanto! Me quedé sorprendida y apenada cuando
Azucena visiblemente afectada me dijo que Rosa había fallecido en un
tiroteo durante el asalto a un banco. Estaba hundida, hacía tres semanas
que estaba de baja, tenía miedo hasta de salir a la calle, ¡pobre chica!
Yo para sacarla del bache en el que Azucena estaba inmersa sólo podía
hacer una cosa: -¿Quieres pasar este fin de semana en mi casa? -No
sé. -Contestó Azucena llorando- La
cogí de las manos y el arrastre hacia mi casa. Si había algún lugar
donde Azucena no debiera estar, esa era su casa, casa llena de recuerdos
que hacían que Rosa no dejara de estar en su mente. Rosa desgraciadamente
había muerto, y por mucho que la amara, ¡ya era tarde! Nunca jamás
regresaría. Por eso, ese fin de semana lo dediqué en cuerpo y alma en
tratar de sacar a esa maravillosa chica de la angustia que padecía: -Ven,
échate en la cama, te daré un masaje que no olvidarás nunca. La
chica no dejaba de llorar, era natural su amor había sido enterrado no
hacía más de 48 horas, ¿qué persona no recuerda a su seres queridos
durante ese tiempo? No estaba segura de su reacción, pero me arriesgué y
empecé a aplicarle un masaje, para lo cual tuve que desnudarla. Lo hice
sin problemas, ¡ella se dejó llevar! Una vez desnuda, allí tendida en
la cama, tenía ante mí la oportunidad de practicar el sexo con una
mujer, además tenía el morbo de practicarlo con una mujer que estaba
pensando constantemente en su amor ya fallecido, ¡qué excitación! Sí,
lo reconozco, admito que soy un tanto perversa, pero nunca mejor dicho
aquello de... “el muerto al hoyo y el vivo al bollo” Y sin duda aquel
bollo pensaba comérmelo yo, ¿hice mal? Yo creo que no, desde ese día
Azucena y yo nos hemos convertido en íntimas. Me gusta hacer el amor con
ella, aunque en mis viajes le pongo los cuernos con todo hombre que me
gusta, ¡no se lo oculto, ella lo sabe! Poco a poco Azucena la va
olvidando, aunque creo que muchas veces cuando hace el amor conmigo piensa
que lo está haciendo con Rosa, ¡Es natural fue su primer amor! *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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