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Relato La
recodaba triste y sola postrada en su cama, cada día en la que la
visitaba en aquella fría sala de hospital. Me dolía verla así pero no
podía hacer nada por ella, nada le podía dar, a no ser mi sincera
conversación para que de alguna forma se aliviara. Un sábado de
madrugada me despedí de ella tras mi diálogo habitual sin respuesta, en
sus ojos vi el último adiós, su rostro cansado parecía querer decirme
algo. -¿Qué
te pasa abuela? Le
pregunté pero ella como siempre no contestó, llevaba años sin hacerlo,
pero sus ojos llorosos y con mirada perdida lo presagiaban. Lo que tenía
que suceder, sucedió, sin que nada o nadie lo pudiera evitar, era ley de
vida. Clavó la mirada de sus ojos en los míos durante un instante, perdió
la vista en el techo y en un nos segundos expiró, dejó de respirar, dejó
de sufrir, quedó inmóvil ante mi pasiva mirada, ¡no pude hacer nada! Las
personas tarde o temprano abandonan este mundo para inicial el viaje hacia
lo desconocido. Nunca he creído que haya vida o algo parecido después de
la muerte. Pero desde la muerte de mi abuela pienso que hay algo, ¡no sé
el qué! Su muerte cambió mi manera de pensar. ¿Por qué la vi junto a
mi lado mientras le introducían en el aquél frío nicho de cementerio?
Estaba a mi lado mirándome y sonriéndome, cerré mis ojos llenos de lágrimas,
sabía que aquello era una mala pasada de mi mente, ¡pero no! Al
volverlos a abrir, ella seguía mirándome. Lo que me estaba pasando no
era normal, y aunque estaba muy tranquilo por mi comportamiento con ella,
¡tuve miedo! En el momento de tapar el nicho me habló: -Salvador,
no estés triste. Ya he dejado de sufrir y al lugar donde voy estaré
mucho mejor que lo he estado hasta ahora. Pórtate bien y sigue estudiando
hasta sacar el título que tanto deseas. Iré volviendo de vez en cuando
para ver como lo llevas. ¿Era
real, o me estaba volviendo loco? No pude contenerme y lloraba
desconsoladamente. En ese momento mi abuela se desvaneció. Una chica de
apariencia extraña a la que no conocía se acercó y posando su mano
derecha en mi hombro dijo: -Desde
que te dejé hace veinte años, te he estado vigilando, sigue así, y como
ha dicho tu abuela estudia mucho, y sobre todo sé buena persona que es lo
más importante. Lo
acontecido con mi abuela me dio miedo, pero lo de esa desconocida pálida
y sin brillo en su mirada me aterrorizó. No hizo nada para que le tuviera
miedo, pero su frialdad me ofuscó. No tenía nada claro lo que estaba
ocurriendo, no tuve valor para preguntar nada a aquella joven mujer.
Intenté salir corriendo del cementerio, pero su mano posada sobre mi
hombro me tenía paralizado. Todos los asistentes empezaron a abandonar el
lugar, pero yo seguía allí, con mis piernas temblorosas y apunto del
desmayo. Hice de tripas corazón y casi sin aliento pregunté: -¿Quién eres, por qué me retienes? -Soy
la mujer que te trajo a este mundo, no te retengo, te puedes ir cuando lo
desees. Al
igual que mi abuela, esa chica que decía ser mi madre se desvaneció y
con ella la sensación de peso sobre mi hombro. Estaba tan asustado y
perplejo por lo que me estaba sucediendo que permanecí allí ante el
nicho de mi recién enterrada abuela. No me di cuenta pero el tiempo pasó
tan rápido que uno de los cuidadores me avisó: -Señor,
son la siete de la tarde. Tenemos que cerrar, ¡lo siento! Estuve
más de ocho horas en pie, el tiempo me pasó como si hubieran sido unos
minutos. Por el aviso del cuidador del cementerio pude reaccionar y tomar
dirección a la salida. Como era de esperar, el taxi que me había llevado
hasta el cementerio, no estaba esperando para llevarme de regreso. Era un
lugar retirado de donde vivía, pero decidí regresar andando para así
serenar mis ideas. Llegué
a casa cansado y deseando acostarme para recuperarme de los días de
angustias pasados. Puse la llave en la cerradura y no sé porque motivo
sentí un escalofrío, al entrar averigüé la causa. Estaban allí, mi
abuela y mi supuesta madre sentadas en el sofá charlando de sus cosas
como si nada hubiera sucedido. *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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