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Relato La
abstinencia sexual es algo que no creo que se pueda practicar
indefinidamente, a no ser que la persona en cuestión hombre o mujer esté
enferma. Es lo que explicaba una chica a otra durante el viaje en avión
de Barcelona a Madrid. Llevaban una conversación un tanto peculiar para
dos personas que no debían tener más de 16 años, supuse que era algún
trabajo de estudiantes para el instituto. La
acalorada conversación, casi discusión de aquellas chicas sobre la
abstinencia sexual me hizo pensar en mi situación, también sexual. Yo,
mujer, de 45 años de edad malcasada y divorciada a los 6 meses de
contraer matrimonio... con 30 me dediqué a ejercer en cuerpo y alma mi
profesión, antes de eso estuve concienzudamente estudiando para conseguir
la mejor puntuación que pudiera, ¡lo conseguí! Mis notas siempre han
sido impecables, pero me doy cuenta que mi vida monótona. Hasta
ahora no me había parado a pensar, pero yo sin proponérmelo había
estado practicando la abstinencia sexual... desde que nací hasta la edad
de 30 años en la que repentina y alocadamente contraje matrimonio.
Durante los 6 meses que estuve casada apenas 3 polvos con el que
desgraciadamente para mí, fue mi marido. Y desde el divorcio hasta Ahora,
¡nada! Soy una esclava del trabajo, sin darme cuenta he pasado un tercio
de la vida sin tan siquiera masturbarme. Aquellas
jóvenes, futuras mujeres me hicieron pensar, y pensar mucho en mi triste
situación... supongo que debido a eso, esa misma noche me propuse poner
remedio. Y hablando conmigo
misma dije: -Cecilia,
no puedes seguir así, tienes que darte cuenta que el final llega, y que
cuando quieras reaccionar te llegarán los achaques y con ellos...
Hablemos de otra cosa, no te quiero poner triste. Pero ahora mismo quiero
que te des un buen baño, te pongas guapa por fuera y muy sexy por dentro
y bajes al restaurante del hotel y ligues con el primer hombre o mujer que
encuentres. Lo de hombre o mujer lo dejo a tu elección, porque sé que te
gustan ambos. Mi
otro yo me aconsejaba dar un poco de rienda suelta a mi vida, pero no era
tan sencillo, ya había pasado hacía 14 años por una traumática relación
y eso marca mucho a una persona durante el resto de su vida. Pero aun así
le hice caso, y vestida de lo más elegante y perfumada para la ocasión
bajé al restaurante dispuesta a ligarme, o dejarme ligar por la primera
persona que se me acercara. Sé
que es pedante decir lo que ahora digo, soy una persona culta, muy
inteligente y con un buen físico, ¡lo soy no lo dude! Pero tampoco dude
que en el apartado sexo soy una analfabeta como no las hay... mis piernas
temblaban cuando un ejemplar macho se acercaba desde el otro lado de la
barra hasta donde yo estaba sentada. -¡Buenas
noches Señora! ¿La puedo invitar a una copa? Por
un momento casi se me olvida que le había prometido a mi otro yo hacerle
caso, entre la pregunta del desconocido cazador y mis respuestas pasaron
unos interminables 5 segundos: -Sí,
me puede invitar, ¡acepto esa copa! Al
ejemplar macho se le pusieron los ojos como platos al ver que una mujer
madura a la primera de cambio aceptaba recoger el anzuelo que había
tirado. Muy simpático y agradable empezó a darme conversación y resultó
ser un tío que solamente se escuchaba así mismo. Pero me daba
exactamente igual ya que lo quería para usar y tirar como a un pañuelo
de papel, ¡para nada más! -Me
parece muy bien... ¿ha venido al congreso? –Le contesté. Curiosamente
el macho narciso resultó ser el Dr. Narciso, qué sorpresas da la vida.
El colega narciso también estaba en Madrid para la convención de
cardiología que teníamos que celebrar. Pero era tal el grado de
narcisismo que no creo que me escuchara que yo era la doctora Cecilia, a
pesar de eso, no le despaché, le seguí mirando a los ojos pero sin
escuchar en absoluto lo que decía, decía y no paraba de decir... fue un
momento en el que internamente le dije a mi otro yo: -¿Tú
crees que merece la pena soportar a este sujeto para intentar salir de la
abstinencia sexual en la que estoy sumida? -Sí
Cecilia, aguanta un poco y cuando termines la copa toma tú la iniciativa
y proponle subir a la habitación. Mi
otro yo presumía de ser muy inteligente y de saber como actúan estos
ejemplares, pero cómo tomar la iniciativa si este sujeto no me escuchaba,
solamente se escuchaba así mismo. Dos minutos hacía que había pegado el
último trago de mi cóctel, y viendo que seguía contándome una de sus
batallas en el quirófano no pude más que decirle: -¿Doctor
Narciso, yo en el bolso llevo condones, necesita usted viagra? Esperé
unos segundos para ver si mi colega reaccionaba a mi impertinente
propuesta, pero no fue así, el siguió hablando y entendí que ese hombre
y afamado doctor solamente quería que le escucharan, ¡pobre de mí! Una
hora y 30 minutos desperdiciados escuchando como hizo una operación a
corazón abierto a un importantísimo magnate príncipe del petróleo.
Estaba visto, tenía que seguir con mi abstinencia sexual ahora no
deseada. -Doctor
perdone pero tengo que ir al cuarto de baño. –Le dije. -Vaya,
vaya. –Contestó haciendo un gesto con la mano pero sin mirarme a los
ojos. -¡Cómo
te agarre!– Le increpé internamente a mi otro yo. Aquel
encuentro fue un poco freudiano, estaba sorprendida de mi mala fortuna
para encontrar un semental que esa noche me echara 3 ó 4 polvos... me
dirigí al lavabo para no quedar mal, ya que al día siguiente podría
encontrarme con semejante sujeto y no tenía ganas de hacer enemigos en la
profesión. Entré al cuarto de baño y vi como una mujer aproximadamente
de mi edad me miraba fijamente sonriendo, ¡qué digo sonriendo, riendo!
La mujer se dirige a mí: -Perdone,
perdone mi osadía, pero es que la he estado observando y ha sido usted
atrapada por el ser más extraño que hay sobre la tierra.
–Seguía riendo. -¡Sí!
¿Dígame... por qué motivo? -No
lo tome a mal, ¡usted ha sido la victima! Todos los años les hacemos
esta broma a los nuevos médicos asistentes a la convención. Dejamos al
Doctor Narciso que se acerque a una de las asistentes y este les da la
vara durante horas y horas, él ni siquiera se da cuenta de que lo
utilizamos. ¿Es pesado verdad? Pesado
es poco, le contesté, en ese momento yo también riendo. Lo olvidé y me
lamenté por mi mala suerte, por haber perdido casi ya dos horas en
soportar a Narciso el narciso. Mi abstinencia sexual seguí “viento en
popa a toda vela”, realmente no me apetecía en esos instante una mujer
para apagar mi repentino fuego sexual, pero ya era tarde y con escasas
posibilidades de pescar un buen semental, a no ser que me dirigiera
directamente a uno como lo haría una prostituta, ¡no estaba dispuesta a
ello! -¿Cree
que se enfadará si le dejo plantado? -Para
nada mujer... yo pienso que ni siquiera mira a la persona que atrapa en
sus redes. –Contestó amablemente sonriendo. Después
de hablar unos instantes con aquella mujer, me miré al espejo, retoqué
un poco el maquillaje, encajé los pechos en el wonderbra y me dispuse a
salir en dirección a mi habitación cuando la mujer va y dice: -¡Perdone,
qué torpeza la mía! Soy Cecilia,
me llamo Cecilia, encantada de conocerle... si no tenía un hombre me habría
de contentar con una mujer, pero las probabilidades de que Venus fuera
receptiva a mis insinuaciones era de -¿Te
apetece un cóctel? -¡Acepto
ese cóctel! –Exclamó sonriendo. Mientras
salíamos Venus me dijo que si quería conocer a unos doctores suecos a
los que estaba esperando y que había conocido en el año anterior. En la
situación de abstinencia sexual desesperada que en esos momentos
soportaba, lo mismo me daban suecos que griegos, lo único que quería era
una buena verga introducida en mi solitaria vagina. Tomamos
un cóctel y otro, y más tarde otro... los suecos no llegaban, por lo
visto no lo harían hasta el día siguiente ya que habían suspendido los
vuelos por mal tiempo en el aeropuerto de origen, ¡fue decepcionante!
Chispa y sin un pene que llevarme a la boca estaba esperando a dos tíos
que no llegarían... le dije a Venus si tomábamos el último cóctel y
aceptó. Entonces hablé con mi otro yo que también estaba más bebido de
la cuenta y le pregunté: -¿Te
apetecería comerte un buen coño? -No
seas ordinaria. –Contestó- se dice, ¿no te gustaría hacer el amor con
esta atractiva mujer? Fuera
de una manera o de otra, lo cierto es que terminamos el cóctel y apenas
si nos aguantábamos en pie, sabía que hiciéramos lo que hiciéramos al
día siguiente de poco nos acordaríamos. Por casualidad o por designios
que nos deparan esta vida nuestras habitaciones quedaban una frente a la
otra, Venus no parecía estar dispuesta a terminar la fiesta y con lengua
de trapo que es la misma que yo tenía dijo: -¿Cecilia,
tomamos la última en mi habitación? -Sí,
tomamos la última y nos vamos a dormir, que si no mañana estaremos para
el arrastre y no sabremos ni lo que escuchamos. Así
lo hicimos, Venus como pudo pasó la tarjeta magnética y la cerradura
hizo el favor de abrir, -hola cerradura le dijimos-, nuestro grado de
consumo etílico era tal que nos parecía gracioso hasta el hablarle a la
cerradura que en esos momentos nos sabíamos que no contestaría. Entramos
y nos dirigimos al minibar y nos tomamos el que sería el último trago,
pero no fue así, ya estábamos totalmente desbocadas como una manada de
yeguas, después de ese vinieron... ¡no sé cuantos más! Lo cierto es
que las dos amanecimos acostada boca abajo atravesadas en la cama. -¿Quién
eres tú? –Preguntó Venus agarrándose la cabeza con evidentes signos
de dolor. El
congreso terminó, y cada oveja con su pareja volvió a su redil... ya en
el avión pensaba que mi abstinencia sexual como siguiera tan indecisa sería
de por vida, no tenía pensado intimar con nadie para una relación fija,
pero si quería entablar alguna relación esporádica, no sabía como
hacerlo, y estaba dispuesta a no preguntar a mi otro yo, porque él,
estaba tan perdido como yo misma. En esas estaba cuando con los ojos
enrojecidos con las gafas oscuras colocadas para no ser descubierta y
mirando al frente con la mirada perdida noto que algo o alguien toca mi
rodilla izquierda. Sorprendida giro la cara y veo a un chico de no más de
25 años que me estaba metiendo mano, le pegué tal guantazo que hasta la
azafata acudió para ver que estaba pasando. Le dije que hiciera el favor
de cambiarme de sitio, no estaba dispuesta a dejarme magrear por el
primero que lo deseara, ¡todos miraban! Pero como faltaba poco para
aterrizar me tuve que aguantar al lado de aquél atrevido muchacho al que
empecé a perdonar y desear nada más haberle dado el bofetón. -Lo
siento chico, tengo un mal día, ¡perdóname! –Le dije. -No
hay nada que perdonar, y si alguien debiera pedir perdón ese soy yo que
me he extralimitado acariciando su rodilla, ¡perdóneme usted a mí! Apenada
y un poco avergonzada por el espectáculo dado en el avión bajé deseando
llegar al aparcamiento donde tenía esperando a mi coche... en dirección
a su ubicación de nuevo me tropecé con el osado chico que estaba
esperando un taxi, sabía que era una cosa muy arriesgada llevar alguien
desconocido, pero estaba tan arrepentida de haberle pegado que le dije: -¡Dónde
vives! -En
Sabadell. –Serio contestó. No
sabía que es lo que estaba ocurriendo en mi vida, pero ese chico vivía
en la misma calle en la que yo residía desde que 15 años atrás me había
divorciado. Durante el trayecto de vuelta, que por cierto duró más
tiempo que el vuelo desde Madrid, pude saber algo del muchacho que resultó
ser hijo de un colega del hospital en el que trabajo. Cuando me dio el
nombre de su padre y le dije que le conocía, casi llorando me rogó que
no le dijera nada de los sucedido. Le prometí que nada le diría, pero
que tratara en lo sucesivo no ser tan osado, ya que a las mujeres, por lo
menos a mí, no les gusta ser asaltadas de esa forma. Ya
cómodamente instalada en casa, de nuevo empecé hablar y comentar mis
desdichas con mi otro yo. -¡Pobre
de mí! ¿Qué puedo hacer? -Joder
Cecilia, no me digas a estas alturas que no sabes como ligarte a un hombre
para que te eche un buen polvo. -¡No,
no lo sé! No es tan fácil, y que sepas que no me avergüenzo de ello. Cualquiera
que me escuchara hablar conmigo misma pensaría que estoy para estar
encerrada en un psiquiátrico de alta seguridad, pero le aseguro que nada
más lejos de la realidad, ¡bueno... no sé, no se! Dejando bromas
aparte, de momento no estoy para estar encerrada, pero mi acuciante fijación
por salir de la abstinencia sexual a la que voluntariamente he estado
sometida, me está poniendo de los nervios, ¿será la inminente regla?
Arreglada estoy como esto no se me pase. -Llama
a Jesús que sabes que se muere por tus huesos. –Me dije yo misma. Daban
las 12 de la noche y no eran esas horas para molestar a nadie, y mucho
menos a una persona a la que tantas y tantas veces le había dado
calabazas, deseché la idea y me tuve que conformar con masturbarme, pero
me sentía mal, rara, porque tocar mis partes íntimas solamente lo había
hecho hasta ahora para asearme, sabía cuales eran las zonas erógenas más
importantes de mi cuerpo pero no me atrevía a acariciarme. -¿Qué
hago? –Me pregunté casi desesperada. -Cecilia,
estás mal, ¿qué te pasa? Has estado 45 años de tu vida practicando la
abstinencia sexual, y ahora te veo desesperada por no poder esperar a mañana,
¿qué extraños somos los humanos? -¡Si,
hija sí... ni que lo digas! –Me contesté riendo. A
carcajadas y cantando como si fuera la mejor de las divas, entré en la
ducha y me dispuse a darme una ducha de agua fría, lo dudé mucho, pero
después de unos minutos siendo acariciada por el agua tibia, y sin
dudarlo cerré el suministro de la caliente y aumenté el de la fría, ¡grité!
Tan desesperadamente al sentir el agua fría cayendo por mi cuerpo que
hasta el aire parecía faltarme, seguí gritando y por un momento tuve la
sensación de que alguien estaba llamando a la puerta para ver si me
estaba ocurriendo algo. Durante más de cinco minutos dejé caer el agua
fría sobre mi cuerpo para ver si así olvidaba lo que desde los 20 no
probaba. -¡Joder
tía! Salte ya de la ducha que me vas a matar de frío. –Me dije algo
cabreada. El
agua fría me hizo el efecto que deseaba, estaba tan relajada por lo
sucedido durante los días anteriores que caí en la cama redonda, estuve
durmiendo a pierna suelta hasta las 7 de la mañana que es cuando me
levanto para prepararme para entrar en el hospital a las 8. Aquello
no podía seguir así, de camino al hospital no había mujer u hombre en
el que no me fijara pensando en llevármelo a la cama. Mi concentración
en el trabajo no era la misma que dos días atrás, muy raro era lo que me
estaba sucediendo la abstinencia sexual me tenía trastocada. No podía
seguir así, en mitad de una visita dije: -Un
momento Señora Petra, en cinco minutos estoy con usted, tengo que hacer
una llamada muy urgente. No
me podía echar atrás en un impulso marqué el teléfono de Jesús, el
traumatólogo que estaba por mis huesos. -¡Sí
dígame! –Contestó sin saber quien era ya que no sabía mi número pues
nunca se lo había dado. -Hola
Jesús, soy Cecilia. Tengo un gran problema y necesitaría verte a las
tres cuando terminemos. -Lo
siento Cecilia, ahora mismo estoy en el aeropuerto del Prat apunto de
subir al avión para irme a Nueva York, estaré tres meses, me han
concedido una beca de especialización, ¡siento no poderte ayudar! Las
cosas tomaban mala pinta, colgué, terminé con la señora Petra y con dos
pacientes más y me marché a la cafetería que frecuentamos el personal
del hospital, estaba dispuesta a todo pero no sabía como quedar con
alguien para ser follada. Fue entonces cuando le Vi, estaba allí, sentado
en un rincón del restaurante leyendo una revista médica, ¡nunca le había
visto! Sin dilación me acerqué a él y le solté: -No,
no estoy loca, tú creerás que es así. ¡Me da igual! Piensa lo que
quieras, necesito que me eches un polvo. Levantó
los ojos separándolos de la revista que leía y con voz muy pausada y con
gran seriedad dijo: -Cecilia,
me haces muy feliz, te he estado esperando 15 años, tú no me recordarás,
pero desde la facultad e incluso después estaba locamente enamorado de
ti, ¿no me recuerdas? –Dijo. Por
más que estrujaba mi cerebro para recordar quien era ese interesante
hombre de prácticamente mi misma edad, ¡me era imposible, no lo
recordaba! Sorprendida lo miré fijamente a los ojos, él me sacó de la
duda: -Veo
que no me recuerdas, soy Felipe, el amigo de tu marido Nicolás. ¿Por
cierto, cómo está Nicolás? Era
cierto, Nicolás el amigo de infancia del energúmeno de mi exmarido por
aquel tiempo, me miraba con ojos de deseos, aunque nunca me dijo nada. Yo
le eché el ojo a la persona equivocada y no estaba por él, ¡cómo me
arrepiento! -Dos
cosas: Una, a ese cerdo amigo tuyo ni me lo mientes. Dos, lamento mucho
que estuvieras enamorado de mí, y que no te hiciera caso. –Decidida le
dije. Empecé
a dar vueltas a mi cabeza y entonces recordé que el estúpido y
maltratador exmarido me comentó que su mejor amigo se había marchado a
trabajar a un hospital de Nueva York y que se había ido sin ni siquiera
despedirse de él, ¡ahora lo entendía! Como después de hablarle estuve
en silencio por demasiado tiempo el dijo: -Cecilia
estoy casado. Pero como te veo necesitada, y a pesar de serle fiel a mi
esposa te echaré ese polvo que tanto deseas. Espera que termine este café
que me estoy bebiendo. Iremos a mi casa, te presentaré a mi mujer y
cuando le explique lo que te ocurre no tendrá reparos en que te folle,
incluso ella tomará parte. No
me podía creer lo que de aquella sensual boca estaba saliendo, me estaba
proponiendo echarme un polvo delante de su mujer. Estaba desesperada, pero
a pesar de eso no estaba dispuesta ser un plato de tercera... por lo que
cegada por mi ira y pensando que Felipe era Nicolás lo mandé muy
educadamente a freír espárragos. *-*-* Denominación de la RAE de Género |
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