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Relato Mi
primer día de trabajo pasó rápido y con varias anécdotas para mí, era
todo nuevo y todo me parecía extraño, ¡por lo tanto anecdótico! Una
vez en casa cansado de todo el día andando de un lado para otro, estuve
tentado de llamar a Mariana, pero estaba tan cansado que decidí no
hacerlo. Sabía que si la llamaba llegaría tarde y no podría descansar
lo suficiente para estar al día siguiente en buena forma física y
mental. Por lo tanto a las doce de la noche estaba metido en la cama soñando
con los angelitos, ¡sí, angelitos! Hermosos angelitos de sexo femenino
con torneadas caderas, largas piernas y prominentes pechos, así pasé la
noche... Soy
joven pero ya tengo arraigada la virtud o el defecto de llegar temprano a
los sitios, ¡no me gusta que me esperen! Esa cualidad hizo que
descubriera algo que no tiene más importancia que la que se le quiera
dar. El caso es que al pasar por el vestuario de las mujeres vi dándose
el piquito a la encargada y a la dependienta más antigua de la empresa,
¡parecían ser pareja! Aunque no tiene importancia, en mí provocó un
poco de morbo y me excitó sexualmente. Aquella visión empezó a despejar
algo que el día anterior observé cuando en repetidas ocasiones las veía
juntas riéndose de un insignificante mortal. ¡Yo! -Chicas,
son las nueve. Recordad que el peligro está ahí fuera –Dijo la
encargada haciéndonos reír- La
encargada, una mujer de unos 50 años de edad tenía experiencia y aunque
de broma, no le faltaba razón en decir que el tratar con el público es
un poco especial, a veces hasta peligroso, ¿por qué no? -Néstor,
acompaña a esta Señora a los probadores, quiere probarse unos zapatos
del modelo en oferta, calza un 37. El
día empezaba para mí con una clienta de una edad algo avanzada y en este
caso con varices en su modalidad de arañas vasculares. Eran realmente
amenazantes, ¡me aterrorizaron! No soy arancnofóbico pero aquellas arañas
formadas por venas sanguíneas a punto de reventar me provocaba un cierto
temor que al tocarlas pudieran expulsar el contenido de su interior. -Tenga
Señora sus zapatos. –Temiendo lo peor le dije- -Hijo,
sea tan amable de ponérmelos usted, ¡yo no me puedo agachar! La
buena señora vio en mi cara la repulsa por tocarle las pantorrillas
llenas de varices. Mirándome a los ojos y con cara de enfado me increpó: -No
se preocupe, ¡no pican! -¿A
qué se refiere Señora? –Le contesté haciéndome el despistado- No
cruzamos más palabras, me armé de valor y cogí su pierna izquierda por
la pantorrilla para descalzarla y probarle el zapato elegido, por suerte
les quedaban de fábula La señora no fue nada complicada. Apenado, serio
y creyéndome culpable por lo sucedido la acompañé hasta la caja para
que le cobraran. Al marcharse dijo: -Recuerda
que varices también las pueden sufrir los hombres, ¡gracias por haberme
ayudado! Adiós, que tenga un buen día. Tuve
suerte de que la encargada no estuviera en la caja a la hora de pagar la
desafortunada señora, de haber estado estoy seguro de que me hubiera
llevado una buena reprimenda. Era una cosa que tenía que corregir, no
expresar estados de sentimiento con mi cara, entendí que lo mejor era
siempre sonreír aunque la sangre diera saltos en el interior de mis jóvenes
venas. -¿Qué
ha sucedido Néstor? –Preguntó la cajera- Hice
oídos sordos aprovechando que había una clienta esperando, ¿qué le
importaba lo ocurrido? No podía fiarme de nadie pues aún no los conocía.
-¿Qué
desea Señora? -Quiero
un modelo de botas que me han gustado pero en las estanterías no hay,
necesito el número 43. -Acompáñeme
y dígame cuales son. Efectivamente,
en la estantería no quedaban botas del número 43. Fui al ordenador del
almacén para comprobar si quedaban. Al entrar escuché unos gemidos que
venían de la parte trasera del almacén, allí existen unas estanterías
de zapatos fuera de moda, un lugar al que normalmente no se accede según
me habían explicado. Sigilosamente me acerqué y observé una escena erótico
lésbica que hizo me olvidara de lo sucedido con la señora de las
varices... Eran la encargada y la dependienta más antigua, estaban
abrazada besándose desesperadamente, por lo visto estaban tan calientes
que no podían esperar al término de la jornada para practicar sus juegos
sexuales. Las dejé allí disfrutando de su descaro y recogí el último
par de botas del número 43 del modelo que me habían pedido. Regresé a
los probadores. -¡ha
tenido suerte señora! Solamente quedaban unas en el almacén, ¿le ayudo
a probárselas? -No,
será mejor que no, está a punto de llegar mi marido y si le ve tocándome
las piernas es capaz de darle una paliza aquí mismo, ¡es muy celoso! -Entonces
mejor que no Señora, ¡no quiero morir tan joven! –Le dije serio- Pensaba
que esa gran señora estaba exagerando pero cuando vi entrar por la puerta
de la tienda a aquel pedazo de armario de dos cuerpos, ¡qué tío!, un
nudo se me formó en la garganta y tuve que tragar saliva para no dejar de
respirar, que los tiempos no están para eso. ¡Qué pareja! Ella debía
medir al menos un metro y noventa centímetros y él, por lo menos -El
pequeño de 12 años Estaba seguro de no haberle preguntado nada, ¿me leyó la mente?
*-*-* Denominación de la RAE de Género |
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