Pantorrilla de mujer (II) El Top

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Datos ténicos

Pantorrillas de mujer

Título: Pantorrilla de mujer (II) El Top 
Autor: Gestialba.com
Productor: Gestialba.com 
Gión:

Gestialba.com

Protagonista principal: Daniela
Actores: Daniela, Yolanda, Roberto.
Musica: Gestialba.com
Fotografía: Gestialba.com
Editada: 2006
Género: Erótico 
Duración: 005 minutos 
Recomendada: Mayores de 18 años

 

Relato

No lo pude resistir más, la espera y el continuo pensar en Daniela hicieron que me decidiera a llamarla. El teléfono de la tarjeta de presentación como es natural era el de la oficina de la empresa donde trabajaba desempeñando el cargo de directora de sistemas digitales, en una empresa muy conocida en España, pero eso no es lo que importa, la llamaré:  

-¡Electrónica tal... dígame!

-Buenos días, me pasa con la Sra. Daniela directora de sistemas.

-Sí ¿De parte de quién?

-Dígale que soy Roberto el del avión.  

No era manera de presentarme, pero era la única forma de que me recordara, Roberto por sí solo no creo que le hiciera recordar. La recepcionista después de un minuto me dice:  

-Sr. Roberto, en estos momentos no se puede poner al teléfono, está en una reunión muy importante ¡Déjeme su número de teléfono, ella le llamará!  

Esperé su llamada durante toda la semana, era evidente que Daniela se había servido de mí para que la consolara en el viaje de vuelta desde Nueva York. Ahora sea por lo que sea no quiere volver a hablar conmigo.  

Un viernes por la noche de unas semanas después de llamar a Daniela, agotado del día de trabajo me eché en el sofá y pensando en ella quedé embelesado... ¡En fase REM, diría yo! Llaman al interfono de la entrada del edificio donde vivo:

 -¡Sí dígame!

-¡Buenas noches! Soy Daniela ¿Puede abrirme?

 ¡Qué sorpresa! Ya pensaba que Daniela no quería saber nada de mí, pero parecía haberme equivocado, el hecho de que me visitara en mi propia casa era todo un honor para mi persona, pero una duda me invadía ¿Cómo ha sabido mi dirección? Un minuto después de la llamada al interfono llama a la puerta de mi apartamento:

 -¡Hola Daniela! ¿Cómo se encuentra?

-Yo muy bien, gracias ¿Y Usted?

 Después del correspondiente saludo las invité a pasar. Digo las invité ya que venía acompañada por una chica joven que no debía tener más de 20 años, esa fue mi primera sensación, me presentó:

 -Roberto, esta es Yolanda mi hija.

-Encantado de conocerla ¡Mucho gusto Yolanda!

Que viniera acompañada de su hija a visitarme hizo que pensara que no tenía que hacer nada con aquella hermosa y cada vez más misteriosa mujer ¿Qué pretendía visitándome con su joven hija? Estaba tan desconcertado que casi no me fijé en lo hermosa y espectacularmente vestida que venía, pero me calmé y le pregunté:

-¿Qué es lo que desea?

-Simplemente visitarle, llamé a su empresa poco después de su llamada y no me pudieron pasar, así que les pregunté su dirección y hoy que hemos venido a Madrid de compras he aprovechado para visitarle ¿Es muy tarde quizás?  

Le dije que para nada, que no tenía ningún plan para la noche del viernes y que era muy grata su visita. De haberlo sabido hubiera reservado mesa en un lujoso restaurante para invitarla a comer, pero me conformé con:  

-¿Qué quieren tomar? Pidan lo que deseen ¡Tengo de todo!  

Daniela pidió que le sirviera un güisqui con mucho hielo y su hija una naranjada ya que era la que tenía que conducir. Así lo hice y serví a cada una lo solicitado y para mí una tónica. Charlamos y recordamos lo sucedido en el vuelo, su hija no paraba de reír ¡Ya se sabe, dichosa juventud! Yolanda se levanta:  

-¿Puedo ir al cuarto de baño?

-¡Cómo no! Por esa puerta pasillo al fondo.  

No me había fijado hasta el momento, pero tanto Yolanda como Daniela llevaban unas faldas muy cortas que dejaban sus muslos al aire. Durante la ausencia de Yolanda, Daniela sin mediar palabra, me brindó con una excitante vista de su entrepierna, al igual que en el taxi durante el viaje al aeropuerto, llevaba unas sensuales braguitas de seda casi transparente que dejaban ver su pubis totalmente depilado. Esta vez lo pude ver a placer, ya que separó las piernas sin reparo alguno, miraba fijamente a mis ojos y al tiempo se relamía sus carnosos labios. Hasta se atrevió a introducirse los dedos en su vagina apartando las braguitas y posteriormente conducirlos a su boca para saborearlos e incitarme ¿Qué podía hacer? Su hija estaba en el cuarto de baño y saldría en cualquier momento, no pude hacer otra cosa que observarla y excitarme con la vista como si de un colegial se tratara, en voz baja le dije:  

-¿Tiene calor Daniela? Veo que separa mucho las piernas para que le entre aire.

-Sí, Tengo mucho calor, pero no es aire lo que quiero que me entre.  

Ya estaba claro que Daniela no era tan fiel a su marido como me hizo creer en el restaurante de Nueva York. Era evidente que esa hermosa mujer no estaba satisfecha sexualmente hablando, ya que necesitaba que la hicieran disfrutar fuera de su nido marital, sin ningún reparo pero nuevamente en voz baja le susurré:  

-¿Quedamos para otro día?

-¡Qué dice! Para otro día, es ahora cuando yo necesito otra cosa que no sea aire entre mis piernas.

-Me parece perfecto ¿Pero qué hacemos con Yolanda?  

Su contestación me dejó atónito, me dijo que su hija estaba acostumbrada a verla hacer el amor con otros hombres que no fueran su padre ¡Está acostumbrada! Yolanda regresó del cuarto de baño y directamente dice:  

-¿A qué esperáis, cuando echáis el polvo?  

Yo no sabía donde meterme, no estaba acostumbrado a esa clase de libertades filiales, la excitación de mi pene conseguida con las insinuaciones de Daniela fueron heladas por los comentarios de Yolanda, les dije:  

-Creeréis que soy un antiguo, pero no estoy acostumbrado a esta clase de relaciones, no creo que fuera capaz de que mi pene se pusiera a tono para la ocasión ¡Lo siento! No soy vuestro hombre.

-No te preocupe, tú déjate llevar que yo haré el resto ¡Yolanda sólo mirará!  

Aunque estaba decidido a echar a esas dos hermosas pero indecentes mujeres de mi casa, las dejé hacer. Yolanda se situó en el sillón que tengo frente al sofá en donde su madre empezó a acariciarme lenta y suavemente. Daniela se pone en pie y me pregunta:

 -¿Qué es lo que te gusta de mi cuerpo?

-Tus pantorrillas, tobillos y pies ¡Sin desmerecer el resto!

-Se me ocurre una cosa para que te relajes y pierdas la vergüenza y seas capaz de excitarte estando Yolanda presente.  

Daniela hizo una señal, Yolanda se acercó intercambiando su lugar de asentamiento por el mío. Habló en voz muy baja cerca de su oído y ésta, empezó a darle un masaje en las pantorrillas, tobillos y pies. Daniela deja ver su entrepierna sin ningún pudor y al tiempo que su hija le masajeaba las piernas, ella se acariciaba la vagina por encima de la suave tela de sus braguitas de seda ¡Pobre de mí! Mi pene seguía sin reaccionar, estaba tan cohibido que mi miembro no sabía donde meterse ¡Soy muy clásico! Me gusta la relación mujer, hombre. Nunca he tenido ninguna fantasía ni curiosidad por ver a dos mujeres haciendo el amor ¡Soy así! Como no reaccionaba, Daniela dijo a su hija que se despojara del top que lucía, lo hizo dejando al desnudo sus firmes y pequeños pechos ¡Qué senos, eran más que tentadores! Cualquier hombre pagaría una fortuna por tenerlos en sus manos y acariciarlos con ternura y suavidad. Ella seguía con el masaje a su madre, pero yo seguía sin despertar lo más mínimo mi libido. Daniela pregunta:

 -¿Te gusta mi hija?

 Desde luego que me gustaba ¡Cómo no me iba a gustar una jovencita como esa! Pero no bastaban sus veinte años para hacer que me excitara:

 -¡Claro que me gusta! Pero no puedo olvidar mis creencias sexuales inculcadas desde ni juventud ¡No es demérito vuestro, sois las dos preciosas!  

Como último intento de Daniela por hacer que me excitara, se quitó la ropa poco a poco hasta quedar desnuda por completo e hizo hacer lo mismo a su hija. Las dos se fundieron en una masturbación mediante la frotación de sus sexos entrelazando sus piernas en forma de tijeras. Las dos rozaban sus vaginas totalmente depiladas hasta hacer que de ellas brotaran sus jugos ¡Brillaban! Se frotaban con gran placer, cosa que denotaban sus jadeos. 

 

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Sigue

 

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