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Elisa
y yo estábamos sentados ante el televisor. Sentimos abrir la
cerradura de la puerta, llegó tarde y un poco bebida, ¡lo
notamos en su forma de saludar! No era lo habitual en nuestra
madre, pero su estado lo achacábamos a la fiesta que habían
celebrado los compañeros de la oficina, festejaban la jubilación
de uno de sus ejecutivos, ¡al menos, eso nos dijo! Por lo
visto, ese nuevo jubilado era una de esas personas a la que
todos quieren, ¡todos quieren ver...! No sean mal pensados,
quieren ver fuera de la empresa para empezar a vivir mejor. Con
la euforia de ver a partir de ahora a tan despreciable persona
fuera de su vista, habrá tomado alguna copa demás a su salud,
¡la de ella! Por lo visto no la dejaba vivir en paz. El caso es
que debido a la embriaguez que había adquirido, estaba más
contenta de lo que es normalmente. Después del saludo se dirigió
hacia el sofá y se sentó con las piernas estiradas, ¡desparramada
diría yo! La mirada la tenía perdida, sin lugar a equívoco
alguno, ¡llevaba una buena tajada! Elisa, mi hermana, me miró
fijamente con semblante perplejo, yo le devolví la mirada con
una sonrisa. Me pareció gracioso ver a mi madre en esa situación,
estaba contento por ver ella se lo pasaba bien. Tras unos
segundos mi madre balbuceó algunas palabras que apenas
entendimos, estaba en su punto álgido, parecía tener un coma
etílico, ¡sin llegar a él!
-¿Elisa, has entendido algo de lo que ha dicho mamá?
-Casi
nada, lo único que me ha parecido entender ha sido la palabra
azul. ¡Qué borrachera lleva! ¿Cómo ha podido llegar
conduciendo?
A la pregunta de mi hermana, se irguió de la posición
que tenía y sacando una lucidez momentánea desde el fondo de
su ser, hizo un movimiento muy simpático señalando con el dedo
índice de la mano derecha, moviéndolo de arriba hacia abajo y
entendiéndosele todo dice:
-No
os preocupéis, hoy no me he llevado el coche, me han traído en
un taxi. Estoy bebida, ¡pero no loca!
Nuevamente
se retrepó a la posición inicial y dejo la vista perdida, ¡algo
más lúcida! Y con sonrisa en su cara. Debido a los movimientos
que había realizado la corta falda que llevaba se le subió
hasta bien arriba de los muslos, ¡la vista era fenomenal! Mi
hermana se puso algo roja al verle la totalidad de las bragas de
color azul. Y yo a pesar de ser mi madre me excité con su
vista. La situación era embarazosa para mi hermana y para mí,
¡para ella, no! Ya que no se enteraba de nada, habló y dijo:
-Hijos,
estoy muy cachonda, quiero que me hagáis un favor.
Tanto mi hermana como yo nos quedamos tremendamente sorprendidos
por lo que mi madre, ¡ahora sí! Con total claridad se hacía
entender, aunque debido a su estado no le dimos más
importancia:
-¡Ayúdame
Elisa! La llevaremos a la cama para que descanse y se le pase el
efecto del alcohol que ha consumido.
-¡Eso,
eso, llevadme a la cama...! ¿Os gustan mis bragas de color
azul?
La
había tomado con las bragas azules que llevaba, ¡preciosas por
cierto! Elisa, ahora más relajada y sonriendo le levantó la
falda dejando las bragas totalmente a la vista. No alcancé a
entender ese gesto en ese momento, ¡luego sí, luego lo entendí!
Al igual que yo, Elisa se estaba excitando por momentos. Ya en
el dormitorio, dejamos a mi madre sobre la cama y yo intenté
salir para que Elisa la desnudara, ¡a mí, me resultaba
violento! Pero:
-No
te vayas, ¡tengo una idea! Mamá lleva tres años sin tener
relaciones sexuales desde que papá murió, ¡pobre, debe estar
desesperada! Hagamos entre los dos que disfrute como nunca lo ha
hecho. ¿Qué te parece?
Yo
me quedé helado, no sabía que contestar. A pesar de ser
mayores de edad entendía que eso de practicar el sexo entre
nosotros era una práctica incestuosa penada por la ley. Pero
por otra parte estaba mi instinto básico y animal de practicar
el sexo con mi madre y mi hermana, ¡yo entendía que terminaría
siendo así! Parecía que no estaba a la conversación, pero me
equivocaba, mi madre contesta:
-Hijo,
me parece fantástica la idea de tu hermana, ¡yo estoy
conforme! Hacedlo por mí, lo necesito. Hoy en la fiesta todas
las parejas hacían el amor y yo a dos velas, ¡qué desgraciada
que soy! Necesito que alguien me folle, ¡y sólo puedes ser tú!
Necesito sentir tu calor dentro de mí, ¡perdona hija, tú
también me puedes hacer disfrutar! Los dos lo podéis hacer.
¡Estaba
tan sorprendido! Realmente estaba asustado de las cosas que
estaba escuchando de boca de mi hermana y de mi madre. Pero hice
de tripas corazón y me acerqué hasta donde estaba mi madre
tumbada en el lecho. Levante su falda hasta alcanzar con ella su
ombligo y comencé a besar su sexo por encima de sus bragas de
color azul. Daba suspiros de placer, eran tan fuertes, que a
pesar de vivir en una casa aislada temía que nuestros vecinos
creyeran que estaba sucediendo algo poco agradable. Me centré
en lamer a la altura de su vagina por encima de sus bragas, mi
madre apretaba mi cabeza contra su sexo. La sesión de roces era
tan placentera que mi madre debido a la gran cantidad de alcohol
que había consumido se durmió.
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Yo
me quedé con dos palmos de narices y excitado a no poder más.
Mi hermana enfadada por el hecho de que mi madre me prefiriera
a mí, en lugar de a ella, se fue a su habitación y se estuvo
masturbando durante toda la noche, ¡la escuche, vaya si la
escuché! Yo para no se menos y desquitarme de lo sucedido, a
sus gritos, y al unísono no pude más que imitarla.
A
la mañana siguiente mi madre se levantó como era natural con
un gran dolor de cabeza, hasta el roce de una silla sobre el
suelo le molestaba, ¡estaba irascible! Nada de lo que decíamos
le parecía bien. Ni que decir tiene que de lo sucedido el día
anterior, ¡nada de nada! No se acordaba de nada, ¡por lo
menos eso parecía!
Nunca,
nunca jamás en nuestra casa se volvió a hablar de lo
sucedido aquel día, de lo único que se habló es de quién
eran esas bragas de color azul. ¿De quién serían? Nunca me
atreví a preguntarle, ¡menuda es mi madre!
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Publicar, un Relato escrito
por mi
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Libro
Virtual |
pág.
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